
El caso es que dicha persona ha sido centro de innumerables
burlas en diversas redes sociales, o al menos ese es el dato que ha llegado a
mis oídos, pues soy francamente poco asiduo a esos sitios virtuales. Mas no se
confundan, no es esto lo que tengo intención de atacar, es más, si acaso
apoyaría que el sentido del humor sea el común denominador de cualquier opinión
o crítica que haya que dar. Pero parece ser que no todo el mundo opina así; es
más, hay quien parece haberse sentido infinitamente más ofendido que la
susodicha “periodista” y la ha defendido a capa y espada cual si le fuera la
vida en ello. Que si todos comentemos errores, que si nadie es perfecto, que si
no se valora el trabajo de la gente,... Sí, hombre, hasta ahí estamos todos
conformes, pero...
Ya, ya lo tuvieron que decir. Que se la critica con especial
saña por ser además un personaje popular. Especialmente popular desde que sale
con ese cierto portero con el que se besó en directo en cierta final de cierto
mundial. No negaré que esperaba esa justificación, no me pilla de sorpresa que
se amparasen en esa excusa para solicitar que se busque otro objetivo a quien
apuntar. Ante estos intentos de desvíos de punzadas verbales o escritas
quisiera puntualizar un par de cuestiones.

Pero quizá lo que realmente me revienta de estos comentarios
es cuando se menciona que las malas lenguas van más afiladas por el hecho de
tratarse de alguien famoso, y cuando digo famoso me quiero referir a una fama
lograda por hechos ajenos (al menos de forma directa) a su trabajo. Con todo no
voy a negar esa afirmación; es completamente cierto que ante los personajes
populares todo se magnifica, tanto las palabras de apoyo y agradecimiento como
los cuchillos verbales. Pero eso, pese a quien le pese, es lo que corresponde,
es el precio que hay que pagar por esa fama y la multitud de consecuencias
positivas que conlleva. Si un humilde profesor de instituto se equivoca al
corregir un examen tendrá críticas, mas podrán ser a lo sumo veinte o treinta y
de buen seguro nunca será trending topic, jamás equiparable a los
miles de twits que recibirá un desliz no tan anónimo, más aun si resulta
divertido para el público. Como digo, es un anexo inseparable del concepto de
famoso que el popular individuo tendrá que aceptar si pretende seguir
disfrutando de esa selecta condición en la que se encuentra inscrito.
¿Merece la pena pagar ese precio por poder llevar colgada la
etiqueta de “famoso”? ¿Las incesantes y molestas hasta grado extremo críticas
compensan suficientemente las ventajas que esa condición aporta? No me
considero en disposición de contestar a estas preguntas por mi situación de
anonimato, así que no lo haré. Lo que sí que puedo afirmar sin miedo es que
muchas deberían de ser esas ventajas, y no sólo económicas, para que yo
aceptara, caso de tener la ocasión, entrar en el selecto grupo de la fama.
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