
Se dice que, siendo Brahms un compositor ya de una fama y un
renombre innegables, al menos en su Alemania natal, un buen día recibió la
visita de un joven músico aspirante a ser un reconocido compositor, el cual
deseaba que el célebre sinfonista tuviera a bien ojear sus partituras y emitir
una sincera crítica a la obra. Brahms accedió y dedicó unos minutos de su
tiempo a leer los pentagramas repletos de notas que el aprendiz le había
entregado. Tras unos instantes que, imagino, al joven se le harían eternos, el
admirado músico le dio el visto bueno a la obra, afirmando que el chico tenía
talento y que la composición tenía un nivel bastante alto. Además, a modo de
felicitación, Brahms invitó a su visitante a un puro de gran categoría, de esos
que guardaba con tesón para ocasiones excepcionales. Hay que mencionar que nuestro
protagonista era, al parecer, un selecto fumador, y poseía y consumía tabaco de
mucha calidad y bastante caro.

Como digo, no sé si esta anécdota es real o no, aunque no
sería de extrañar debido al acentuado sentido del humor que se le ha otorgado
al compositor. De hecho, me viene ahora a la cabeza otra situación que pone de
manifiesto esta faceta suya.
Parece ser que se encontraba Brahms en una cena con miembros
de la alta sociedad. A la hora de proponer el vino que acompañara el menú, el
anfitrión mostró una botella y la ensalzó con vehemencia, apodando dicha
variedad como “el Bramhs de sus vinos”, provocando la sonrisa de toda la
concurrencia. El alegado fue el encargado de realizar la primera cata a la
bebida. Tras dar un breve sorbo puso una cara que no inspiraba demasiada
confianza y, ante la expectación del resto de comensales, solicitó al anfitrión
que mejor le trajera al “Beethoven de sus vinos”.
En fin, además de un magnífico compositor fue, como se dice
en la jerga actual, un crack.
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