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domingo, 2 de diciembre de 2012

Cine, cine, cine, más cine por favor

¡Ya nos gustaría a nosotros poder aplicar este célebre estribillo de Aute con el que he titulado la entrada! Pero no puede ser, y hay varios motivos para ello. La falta de tiempo ocioso es uno de ellos, pero ni es el principal ni es el objeto de mis quejas, pues al menos un par de veces al mes, salvo casos excepcionales, se pueden sacar un par de horas para sumergirse en la oscuridad de una sala y disponerse a introducirse de lleno en la cinta elegida. Nuestros impedimentos actuales son de otra índole.

Por un lado, sí, lo habéis adivinado, tenemos el excesivo precio de las entradas. Todos sabemos que con la entrada del euro prácticamente todo ha subido de precio, pero me atrevería a decir que la posibilidad de ir al cine es una de las cosas que, proporcionalmente, más ha incrementado su coste. Mi selectiva memoria no alcanza a recordar el precio de las entradas en mi más tierna infancia, pero los 7,20 euros que vale actualmente en nuestra ciudad cada pase normal me parece tremendamente costoso, por no hablar de los pases en 3D, en fines de semana o en butacas VIP. Cierto es que hay descuentos para una amplia variedad de personas, entre estudiantes, jubilados, grupos o día del espectador, pero ni el recorte de su valor es tanto ni todos estamos en disposición de incluirnos en algunos de esos grupos.

Es obvio que no estamos hablando de una cantidad tan inasequible, no es como comprarse un Mercedes, y si una película realmente nos motiva no dudamos en ir a visionarla, pero ese método de optar por ir al cine y decidir el filme una vez en la entrada se acabó, pues normalmente se terminaba por ver alguna película que, a priori, no nos decía nada. No eran pocas las personas que, hace unos años, tenían como costumbre visitar una sala cinematográfica una vez por semana, sin falta. Es lógico que el número de personas que llevaban a cabo esta cinéfila costumbre ha disminuido, pues hacer esto hoy en día, suponiendo que no se encuentre en el privilegiado grupo de las entradas reducidas, le supondría un coste aproximado de 375 euros por año, que se dice pronto. Así pues, un servidor solamente va al cine cuando realmente tiene interés en ver la proyección, no por el mero hecho de salir a alguna parte.

Pero mi crítica no acaba aquí, sino que hay otro punto que me molesta considerablemente, y es la falta de variedad en cartelera. En unos años hemos pasado de los pequeños cines con una o dos salas exclusivamente a los grandes multicines con no menos de diez salas cada uno. La cosa prometía, ya no sería necesario tragarse alguna de las pocas películas que ofertaba cada cine, sino que la oferta sería muchísimo más amplia. Pero el resultado ha sido algo más decepcionante del esperado, si bien es lógico que la oferta sea mayor, mas no es tan elevada como la cantidad de salas merecería.

Me resulta de lo más enervante cuando en unos mismos multicines están poniendo el mismo filme en tres o hasta cuatro salas distintas. Esto hace que, por ejemplo, en un centro con doce salas de proyección solamente tengan en cartel cinco o seis películas. Supongo que la explicación es la de siempre: poner en diversas salas esas superproducciones que anuncian hasta en la sopa y así incitar con más fuerza a su visualización ("si la ponen en tantas salas será porque es muy buena"). Todo eso está muy bien, pero ¿qué hay de la proyección de esas otras películas no tan comerciales o comercializadas que tienen un público también importante, aunque menos ruidoso? O directamente no llegan a las salas, o las tienen puestas una o dos semanas y a las primeras de cambio las eliminan. Esto se podía entender cuando apenas había salas, pero a día de hoy me parece una falta de respeto al séptimo arte.

Y, ante todo, que nadie se deje engañar. Muchas veces aparecen en cartelera muchas películas, pero hay que fijarse en los horarios. Por poner ejemplos concretos y recientes, hace poco queríamos haber ido a ver tanto Frankinweenie como A Roma con amor, y nos confiamos porque tanto al pasar por delante de los cines como mirándolo por internet veíamos que seguían en cartel. Sí, es cierto que seguían, pero en un solo pase a las cuatro de la tarde o cosas por el estilo, vamos, esas horas en las que la gente normal está haciendo otras cosas. Tener tantas salas para que lleguen tan pocas películas a España (comparadas con las que no llegan) me resulta absurdo, si bien no desde el punto de vista comercial, sí desde el punto de vista cinéfilo y artístico.

La conclusión de todo esto es que en casos como el nuestro, personas que, sin ser asiduos todas las semanas, sí que íbamos al cine con cierta frecuencia, ahora apenas vamos tres o cuatro veces al año, y siempre para ver cintas que realmente nos interesan. De momento se acabó eso de acercarse a la taquilla y comprar la entrada para la primera película que se nos antoje. ¿Hasta cuando? Pues hasta que cambien el coste y la variedad de las salas o hasta que nos toque la lotería. No sé qué pasará antes.




domingo, 11 de noviembre de 2012

Río Safari de Elche



Loro con la coronilla desplumada
Hace unas semanas hicimos algo que llevábamos algún tiempo queriendo hacer: pasar un día en el Río Safari de Elche, en Alicante. Hasta ahora el problema no era la distancia, pues vivimos relativamente cerca, sino el precio, ya que 22,50 euros por persona nos parecía bastante caro. Como en un centro comercial vimos días antes unos folletos con los que nos descontaban tres euros por persona (que tampoco es para tirar cohetes pero algo es algo), pensamos que era una excusa adecuada para visitar el parque animal que la una no conocía y el otro hacía más de dos décadas que lo había visto. Pero toda la ilusión con la que fuimos se fue desvaneciendo a cada minuto que pasábamos al tremendo calor del lugar.

El agua estancada acumulando porquería y excrementos
Hay que decir que el propio Safari partía con una importante desventaja, y es que somos de los privilegiados que hemos podido disfrutar del zoo de Viena, una auténtica maravilla, considerado como el mejor zoológico de Europa y del que quizá hablemos algún día. En cualquier caso la opinión que os vamos a exponer es completamente independiente, libre de cualquier comparativa en la que las carencias del Río Safari se acentuarían, si cabe, todavía más.

Al llegar al lugar y comprar las entradas nos informaron de los horarios de los espectáculos y nos proporcionaron un plano del sitio, pero tras esto se nos acercó una chica con una cámara de fotos ofreciéndonos inmortalizar nuestra entrada al zoo “sin ningún compromiso”. Para empezar no te avisan del precio que te cobrarían por el retrato (que de buen seguro sería abusivo), y para seguir... ¡que no somos unos niños, que tenemos ya algunas canas! Puede que sea un buen reclamo para niños, pero no para los que hace años que abandonamos nuestra infancia. Para postres teníamos la posibilidad de que la foto fuera con una serpiente enroscada al cuello. Hay gente para todo, pero a nosotros no nos ponen una culebra encima ni hartos de vino.

Ave con la cabeza y el buche completamente desplumados
A los pocos minutos de llegar daba comienzo un espectáculo de leones marinos, así que nos dirigimos a la piscina donde iba a tener lugar. El show en sí no es que estuviera mal, pero apenas se pudo disfrutar debido a la incomodidad de la grada: asientos hechos con tablas de madera carcomida, con unos escalones solamente aptos para piernas de dos metros (con los que Menta se tropezó y se llevó un buen raspado en el tobillo) y con un techado que a la hora de la actuación no tapaba ni un rayo de sol. Además, fue extremadamente corta, apenas quince minutos. No es que seamos partidarios de que exploten a los animales, pero haber adornado algo más la actuación con música, con humanos u otras opciones no hubiera estado de más.

Pero lo más indignante de todo no fue eso, pues al fin y al cabo a nosotros nos gusta ver a los animales de la manera más natural posible, sino las pésimas condiciones en las que se tiene a toda la fauna en el lugar. Mientras estuvimos viendo la zona de los reptiles no pudimos apreciarlo, pues sin ser expertos no podemos distinguir si los cocodrilos, serpientes e iguanas están en buenas condiciones. Pero cuando llegamos al aviario fue cuando una mezcla de rabia, indignación e impotencia se apoderó de nosotros. Sin considerarnos grandes entendidos, algún que otro conocimiento ornitológico tenemos, los suficientes como para saber que loros con la cabeza y el buche completamente desplumados o cotorras que no salen de sus refugios no puede significar nada bueno.

Patos corriendo hacia nosotros en busca de comida
Las ubicaciones de los animales, sin que se pueda decir que eran estercoleros, tampoco gozaban de toda la higiene que deberían, porque, entre otras cosas, el hedor a heces y excrementos de animales llegaba a ser insoportable, y éste se extendía por todo el parque; además, en la llamada “isla de los mansos” el hedor era fácilmente localizable, pues el pequeño riachuelo que rodea esa zona por la que nadaba un bello cisne negro tenía el agua totalmente estancada y lleno hasta arriba de las heces de las reses que ahí vivían. Por otro lado, el tremendo calor de ese día se confabuló con el propio ambiente seco y árido del lugar para crearnos una sensación más propia de un asadero de pollos. Hay que decir también que el supuesto río que da nombre al parque, y que en su día proporcionaba agradables mini-cruceros alrededor de la fauna salvaje, es completamente inexistente. En su lugar se ofrece un minúsculo recorrido en tren de apenas ocho minutos en el que, además, hubo varios problemas a la hora del orden de subida, pues ofrece muy pocos servicios al día y eso hace que mucha gente se quede sin disfrutarlo, a pesar de estar incluido en el precio de la entrada, aunque sólo te permiten montar una única vez en él, lo cual hace que el breve paseo nos sepa a poco o casi nada.

Loro antes del espectáculo con el buche sin plumas
Pero lo que más nos descolocó con diferencia fue el propio comportamiento de los animales. Por una parte, en los espectáculos fueron frecuentes los “fallos” de los bichos protagonistas, teniéndoles que repetir el domador en varias ocasiones las órdenes hasta que las cumplieron. No sabríamos explicar con claridad el motivo, pero el caso es que notamos a los animales, especialmente a los loros y a la elefanta, muy cansados y dando una sensación de estar aburridos y de infelicidad, muy distinto de otras actuaciones animales que hemos visto con anterioridad. Y lo mismo podemos decir del resto de animales en cautividad, sobre todo a los más grandes, que se veían muy apagados y en unos habitáculos que no les permitía sentirse como en la vida salvaje. Por otra parte tenemos el hecho del extraño y frecuente acercamiento de la mayoría de los animales a las zonas donde veían humanos. Al principio puede resultar hasta gracioso el ver, por ejemplo, a todos los patos caminando hacia nosotros, todos sin excepción, pero luego uno piensa que la causa más probable de ese efusivo interés por los hombres es un exceso de hambre, principalmente cuando esta actitud se repitió en gallinas, ovejas, caballos, jirafas y hasta en los dromedarios. En diversas zonas del parque se podían comprar, a precios disparatados, bolsas con comida para animales, lo cual hasta puede hacer pensar que no se les da de comer lo suficiente con la intención de que sean los propios visitantes los que completen su dieta. Una prueba de ello es que en una jaula con un centenar de cobayas había una muerta y varios congéneres comiéndosela. También arrancamos una rama de un árbol (algo prohibido por el safari, pero como uno de los trabajadores arrancó varias ramas para dárselas a una niña pequeña y diera de comer a los ciervos, nosotros emulamos la acción) y las cabras se pusieron como locas cuando nos vieron con ella, se peleaban entre ellas por arrancar unas pocas hojas, y cuando se acabó e hicimos el amago de irnos balaron sin cesar; aquí podríamos decir que ponían, como se suele decir, cara de borrego degollado, y es que nos miraban con una cara que daban pena los pobres viéndoles en el lamentable estado en que se encontraban ellos y sus vecinos del parque.

Aves desesperadas por un poco de agua
Otro punto que no queríamos obviar es la reacción de los loros ante los chorros de agua que pretendían refrescar esa zona. Con cara de desesperación se tiraban como locos a engancharse en las rejas de sus jaulas (excesivamente pequeñas para su tamaño, por cierto) buscando la zona donde les pudieran llegar algunas gotas. Esta actitud, común a todos ellos, es más que sospechosa. A esto, y a todo lo anterior, le añadimos los escasos trabajadores pluriempleados que allí había, pues, por ejemplo, la misma chica que nos quería hacer la foto en compañía viperina era la misma que poco después vimos limpiando los cristales de la tienda de regalos (con apenas artículos entre los que elegir, ni una postal siquiera, más bien camisetas carísimas, juegos que podemos encontrar en cualquier tienda de juguetes y copiosos peluches de animales que ni siquiera había en el parque) y atendiendo en la misma reclamando a un compañero que la sustituyera porque ya estaba cansada, además de reconocer a otros pocos empleados realizando distintas funciones según lo requiriese el momento, por no hablar de los aseos, que en cuanto a higiene dejaban mucho de desear.

Decir también que el Río Safari de Elche no hace honor a su nombre, pues ni hay río ( ahora está todo desertificado), ni es safari, sino un montón de jaulas juntas (como el pobre ualabí, cuya jaula limitaba mediante una alambrada con la jaula del lince, quien tenía atemorizado al pequeño marsupial), algunas con un solo animal de su especie (una jirafa, un ualabí, un lince, una elefanta, etc.), ni, por seguir con las negaciones, está en Elche, sino más bien en Santa Pola, pero esto es lo de menos.


jueves, 20 de septiembre de 2012

Morralla virtual

Hay ocasiones en las que uno lee un libro y acaba blasfemando contra él por su pésima calidad. A veces no se precisa ni realizar la lectura, basta con observar el título (en plan "memorias de la Pantoja" o "los cien mejores chistes de Arévalo") para pronosticar, con total éxito, la nula calidad de la obra. En todos estos casos se suele pensar, o al menos yo, que menudo gasto de papel inútil, que vaya árboles más tontamente sacrificados o que se podía aprovechar la tinta en cosas algo mejores. El caso es que esta misma sensación no se suele tener cuando uno ve el equivalente a estos "libros" pero en la red, una cantidad de lugares virtuales que bien podrían desaparecer y el mundo seguiría girando tan pancho.

Pero no solamente quiero hacer referencia a lo ridículo del contenido de algunas webs, que en efecto son para escupirle a la pantalla de nuestro ordenador, sino que quería hoy centrarme en el contenido superfluo de la red, en la colosal cantidad de material que se va copiando de un lugar a otro y que acaba por ocupar un porcentaje de la intranet que ni por asomo merece. Y para explicar, y a la vez probar empíricamente, mi teoría he querido realizar un pequeño experimento, el cual paso a exponer.

De todos es sabido que una de las páginas más recurridas a la hora del plagio descarado es Wikipedia. No voy aquí a indagar en la fiabilidad de sus contenidos (que podría), sino que simplemente deseo comprobar cuántas páginas comparten determinado contenido con esta enciclopedia. Para ello simplemente he realizado una búsqueda de algo suficientemente conocido, he copiado un párrafo considerable (no solamente dos o tres palabras) y he buscado en google cuántos resultados arrojaba con esos mismos vocablos y en ese mismo orden (con una búsqueda entrecomillada). En primer lugar he usado la entrada dedicada a Rafa Nadal y he copiado textualmente el siguiente párrafo:

Del mismo modo, también es el único tenista masculino de la historia que ha ganado en un mismo año (2010) tres Grand Slam en tres superficies distintas.

Pues bien, este texto de 27 palabras (google no permite, al parecer, buscar más de 32 palabras) y que contiene variedad gráfica (puntos, comas, paréntesis...) arroja la friolera de 3160 resultados. Casi nada. Si contamos todas las páginas que se han ido copiando unas a otras sin cambiar ni una coma obtenemos un total de 3160 webs (que serán 3161 cuando se publique esta entrada). A mí, personalmente, me parece una barbaridad que haya, de un plumazo, 3159 páginas que se podrían suprimir y la red no perdería información alguna.


Pero permítanme que no pare aquí, pues quizá a alguien le puede parecer que no son tantos esos resultados. Es posible que haya elegido una búsqueda algo particular, pues se trata de un personaje vivo y en activo, cuyos datos pueden ir cambiando con el tiempo. Hagamos lo mismo con alguien cuya vida, de buen seguro, ya no va a sufrir muchos cambios. Entremos en el apartado de Wikipedia dedicado a Mozart y seleccionemos un texto de 32 palabras, por ejemplo el siguiente:

En palabras de críticos de música como Nicholas Till, Mozart siempre aprendía vorazmente de otros músicos y desarrolló un esplendor y una madurez de estilo que abarcó desde la luz y la


Metemos el texto entre comillas en el buscador de google, le damos a buscar y... voilá! Nada más y nada menos que 137000 resultados (que ahora serán 137001). Miles de páginas de biografías o similares que han copiado sin delicadeza alguna el texto tal cual de otra web, sea Wikipedia u otra. En fin, si a algún lector le parecen pocos resultados 137000 yo ya abandono el blog y me dedico a la cría del escarabajo de la patata.

Quizá me salga levemente de mi temática, pero no me resisto a plasmar una de las anécdotas más curiosas en mi vida laboral como profesor. En cierta ocasión propuse a mis alumnos realizar un trabajo de ciertos matemáticos, investigar un poco sobre su vida y obra pensando, iluso de mí, que alguno iba a coger una enciplopedia o algún libro de consulta. Lo gracioso no es que descubriera, sin demasiada dificultad, que la mayoría de los trabajos eran un copy-paste de alguna página web, sino que uno de mis pupilos me entregó la web imprimida tal cual, con la publicidad de una línea erótica de contactos en el lateral incluída.

En definitiva, mi intención es promover la originalidad de lo que se publique, sea en una web o en un libro. No es pecado sacar algún dato, nombre o fecha de otras páginas, pero de ahí a calcar párrafos enteritos hay una diferencia más que notable. Como decía aquel anuncio de la tele, don't imitate, innovate.



lunes, 3 de septiembre de 2012

Depresión posvacacional

 Somos muchos los que en estos comienzos de septiembre finalizamos nuestros periodos vacacionales y hemos de volver a nuestra rutina laboral. Las noticias y los telediarios, seguramente, comenzarán a hablar de ese síntoma que llaman "depresión posvacacional". Yo soy uno de los que vuelvo al trabajo en estos días y, aunque no creo llegar al nivel de depresión, sí que me invade un pequeño bajón moral. Se me pasa pronto, en un par de días, pero hasta entonces no dejo de echar de menos esos días de no madrugar, de tener tiempo libre para retomar viejas aficiones o, simplemente, de descansar.

Sé que puede resultar un poco egoísta quejarme de este retorno laboral cuando hay mucha gente que no tiene un trabajo al que volver, pero uno no puede controlar sus propias sensaciones, sería una completa falta de sinceridad decir que estoy deseando retomar, en mi caso, las pizarras, los papeles, los libros... Eso sí, tampoco me asusta esta sensación, desde bien pequeño me cuesta horrores la "vuelta al cole", tanto en el propio colegio como en el instituto o en la universidad. Por eso, sé de sobra que en unos días desaparecerá este bajón.

En fin, no pretendo aburrir a nadie con mis penas, pero, como dice un sabio dicho del pueblo español, "mal de muchos, consuelo de tontos". El saber que hay mucha gente en las mismas circunstancias y con las mismas pocas ganas que yo de volver al curro parece que me alivia un poco. Por eso esta entrada, simplemente para que podamos desahogarnos conjuntamente todos los que finalizamos nuestro recreo y vamos sin ninguna gana y con cara de asco el primer día de vuelta. Por eso, no os cortéis y permitidme que sea un firme hombro para que lloréis esta conclusión del periodo estival. ¿Tenéis también vosotros este pequeño bajón o lo lleváis mejor?



martes, 21 de agosto de 2012

Extremismos publicitarios


Hoy tengo intención de hablar de la publicidad en la televisión, eso que tantos de nosotros hemos maldecido en un sin fin de ocasiones. Y es que, como en tantas otras situaciones, qué difícil resulta buscar el punto intermedio de las cosas. Parece que siempre tenemos que elegir entre el blanco o el negro, cuando resultaría tan bonito poder optar por el gris azulado. En televisión ocurre eso mismo, o bien nos resignamos a zamparnos cortes de veinte minutos en lo más interesante de nuestros programas o películas favoritos, o bien nos los tenemos que tragar de golpe y sin un mísero minuto de descanso.

Por una parte tenemos las cadenas privadas, las que rivalizan por ver cuál de ellas nos bombardea con mayor efectividad y durante mayor tiempo. A veces no nos damos cuenta, pero hay ocasiones en que durante cada hora de programación emiten más de veinte minutos de secuencias propagandísticas, lo cual viene siendo una tercera parte de la emisión. No creo que yo sea el único que, cuando acaba este eterno periodo de anuncios, ni se acuerda de qué diantres estaba viendo. Además, últimamente tienen la poca vergüenza de comprar nuestra permanencia en ese canal poniendo avisos de “volvemos en seis minutos”. ¿Realmente les parecen pocos seis minutos de anuncios? Hombre, comparados con las dos decenas que nos colocan habitualmente, seis minutos no son nada, pero tampoco me parece algo de lo que enorgullecerse. Además, dicho sea de paso, esos minutos que, según ellos, debemos esperar, nunca son exactos, siempre son, como mínimo, cuarenta segundos más de lo que dicen. No es que sea demasiado el error, pero, qué quieren que les diga, no me hace ninguna gracia que me tomen por tonto.

Y, aunque no sea el tema principal que pretendía tratar, aprovecharé para criticar la simultaneidad de los cortes en las cadenas del mismo grupo. Cuando la cadena principal pega el corte, lo tienen que hacer también todas las asociadas. Lo gracioso es que dan paso a la publicidad donde toque, cortando escenas, estropeando frases e, incluso, en medio de un opening. Además de quedar de lo más cutre, creo que resulta perjudicial para los propios canales, pues los que tenemos la sana costumbre del zapeo en estas interrupciones nos saltamos olímpicamente el resto de canales de la familia, sabedores de que su contenido será el mismo que estábamos viendo antes de comenzar nuestro desplazamiento dactilar por el mando. En fin, ellos sabrán.

En contraposición a estas reiteradas quejas viene en nuestro rescate la televisión pública con la flamante teoría de que algo que se haga llamar público no debe tener relación alguna con empresas privadas. Dicho esto, desde hace unos años quitaron tajantemente la publicidad de estas cadenas. Aquí ya podemos encontrar una amplia diversidad de opiniones. Yo les voy a exponer aquí la mía.

Por un lado, las quejas anteriormente mencionadas, creo, no iban contra la publicidad, sino contra el exceso de ésta. A mí, personalmente, no me molesta algún minutito suelto en mitad de una emisión por si me apetece ir a beber agua o atender algún asunto pendiente con el señor Roca. Pero vamos, que para eso me basta con un par de minutos, incluso suponiendo que la reunión con don Roca se alargase algo más de la cuenta. Imagínense, hace unos meses pusieron Lo que el viento se llevó sin cortes. Cuatro horas en las que, o bien aguantas cualquier tipo de necesidad que tu cuerpo te requiera, o te resignas a perderte parte de la película.

Añadido a esto tenemos la pérdida de una importantísima fuente de ingresos para subvencionar toda la programación, quedando todo a expensas del dinero público que, como todos sabemos, es más bien escaso. Si en España sobrara el dinero y no supiéramos qué hacer con él, pues quizá podríamos permitirnos tranquilamente ese lujo, pero me temo que no es el caso.

Y, por último, no se han suprimido por completo los cortes en estos canales. Entre programa y programa siempre cae algún “volvemos en dos minutos”, pero que se limitan a promocionar sus propias series, programas o, incluso, algún disco o libro patrocinado por ellos mismos. Absurdo, pues uno se pregunta: ¿qué interés tienen en publicitarse a ellos mismos? La respuesta posible sería el interés por el aumento de la audiencia. Ahora bien, ese interés de una cadena por su audiencia solamente es justificable cuando una empresa privada, interesada en estropearnos una película intercalándose entre sus fotogramas, busca invertir en el canal con mejor audiencia para rentabilizar mejor su inversión. Pero si recordamos que nuestras cadenas públicas no emiten anuncios privados, queda anulada esta teoría y a un servidor lo dejan sin saber qué pensar. En el caso de los blogueros, que publicamos sin ningún ánimo de lucro, tenemos la propia satisfacción personal, ese pequeño cosquilleo que nos invade cada vez que vemos que tenemos un nuevo seguidor o que alguien ha comentado una entrada de nuestro rincón, pero dudo mucho que los dirigentes de estas cadenas busquen algo distinto a ese poderoso caballero que es don dinero.

En resumen, y al igual que empecé, defiendo la búsqueda del punto intermedio, de ese color que está entre el blanco y el negro, que la mayoría de veces no son las cosas en sí las que son malas, sino su exceso. Anuncios sí, pero sin agobiar. Ya lo decían los griegos: μήδεν άγαν, esto es, “nada en exceso”. 

sábado, 4 de agosto de 2012

Pasión nacional forzada


Roger Federer en Wimbledon 2012
Quería comenzar esta entrada felicitando, de forma virtual y sin ninguna esperanza de que estas líneas lleguen a sus ojos, a Roger Federer por su victoria en Wimbledom el pasado mes de julio. Es un deportista al que admiro bastante, tanto como persona, por su humildad y su simpatía, como tenista, por su elegancia y su saber ganar y perder. Me alegré tanto por su victoria sobre Djokovic como por su vuelta al número uno del ranking de la ATP después de mucho tiempo. Así pues, si lees esto, Roger, te doy mi más sincera enhorabuena; si no lo lees, al menos me quedo con la conciencia tranquila.

Este ligero goce interno me hizo reflexionar sobre la cuestión que me dispongo a tratar, vaya por delante que de forma exclusivamente deportiva, y es ese innato patriotismo que nos invade cada vez que vemos un partido. Parece que estamos obligados, por el mero hecho de haber nacido en determinado país, a apoyar incondicionalmente a cualquiera que comparta nuestra nacionalidad y a desear a toda costa su éxito. Bien pensado, esto condiciona de alguna manera nuestra libertad de pensamiento, ya que da la impresión de que velar por el triunfo de cualquier deportista o equipo de otro país está mal visto. A lo sumo se nos permite opinar bien y recompensar con halagos, pero sin pasarnos, a atletas naturales de lugares lejanos a nuestra querida patria, pero nunca desear que superen a nuestros ídolos nacionales. Quedaremos perfectamente mientras nos restrinjamos a frases como “¡Qué bueno es Federer!” o “¡Vaya revés tiene el tío!”, pero que a nadie se le ocurra decir nada del tipo “Esperemos que en este partido le gane a Nadal”, porque en ese caso seremos tachados inevitablemente de antipatriotas.

La selección española "la Roja" en la Eurocopa 2012
No hay que confundir mis palabras con el deseo de que nuestro equipo sea el mejor, practique un juego bonito y nos haga disfrutar. Una cosa es apoyar a alguien porque realmente lo consideramos bueno en su especialidad y otra muy distinta es basándose únicamente en su lugar de nacimiento. De sobra es sabido que cuando se ha enfrentado una selección española (de cualquier deporte) ante otra, siempre hemos deseado que venciera la nuestra, aunque el otro equipo esté resultado netamente superior y con mucha más calidad. Quizá sea un servidor el raro, pero no acabo de entender ese apoyo incondicional basado exclusivamente en la nacionalidad. La magnitud del deporte, pienso, se disfrutaría mucho mejor sin estos fanatismos injustificados. Se puede desear que nuestro paisano juegue mejor, pero, si no es así, no veo motivo para no disfrutar del juego ajeno y alegrarse por ello. Comprendo que el aliciente y la tensión con la que se vive un partido es mucho más motivadora cuando se desea la victoria de uno de los contendientes. Ahora bien, es importante aprender a aceptar una superioridad en cuanto a calidad en el juego, no solamente para poder considerarse un buen perdedor, sino para saborear y exprimir todo lo que nos ofrece esta sana afición que es el deporte.

Rodolfo Chikilicuatre en Eurovisión 2008
Unas sensaciones muy similares se me presentan cuando cada año, regular y puntualmente, veo el Festival de Eurovisión. La televisión pública y otros medios de comunicación se empeñan en obligar a nuestros autónomos subconscientes a que han de ansiar el éxito del intérprete español a toda costa. Parece que fuera un crimen el hecho de que a un buen españolito le pueda gustar más cualquiera de las veintitantas canciones restantes y, como jueces justos que pretendemos ser, esperamos ver salir triunfantes a ese cantante que nos ha puesto los pelos de punta por encima de la canción española que apenas nos ha llegado.

Es por esto que me gustaría que, si nos consideramos buenos aficionados a cierto deporte o a cualquier espectáculo subjetivo, no nos rijamos sólo por la ubicación del club o la natalidad del artista, sino que intentemos valorar los méritos puramente profesionales de cada cual y, posteriormente, nos decantemos por nuestro favorito. Yo, por mi parte, me defino sin miedo como un fiel defensor del tenis de Federer por encima del de Rafa Nadal.


viernes, 3 de agosto de 2012

Las ideas claras, la atención espesa

Mis palabras hoy vienen cargadas de enfado y enojo, aunque lo que nos ha ocurrido esta mañana no es la primera vez que se nos presenta. No debería sorprendernos, pero no deja de ser molesto que nos traten como si fuéramos unos ignorantes por el hecho de ser jóvenes. Pongamos de ejemplo que vamos a una panadería y queremos comprar no la típica barra de pan, sino una baguette simplemente porque nos gusta más. Lo normal es que la persona que se encuentra detrás del mostrador nos la ofrezca, nos pida su importe, paguemos y adiós muy buenas. Todo esto es lo lógico y no llama la atención para nada. Pero ahora supongamos que el dependiente no nos quiera vender esa baguette porque tiene la chapata más cara y apenas le saca provecho, y como somos jóvenes (hecho que parece traducirse como equivalente a ser tontos) intente engañarnos diciendo que la baguette no es nada saludable, que los médicos recomiendan la chapata, y que si no nos gusta o la vemos cara nos vayamos a por la barra de toda la vida. Dramaticemos un poco añadiendo el descontento del panadero por haber pedido un tipo de pan francés y no el español, y se queje de nuestro gusto galo, nos lo eche en cara, se ponga a la defensiva y nos diga que no debemos comprar nunca una baguette, que hay que comprar la chapata. ¿Cómo se os quedaría el cuerpo al oír tales disparates? Supongo que igual que a nosotros.

Pues bien, esto no nos ha ocurrido, por el momento, en ninguna panadería, sino en tiendas de muebles, productos considerablemente más caros que una barra de pan, algo que tiene que durar muchos años y que, en nuestro caso, tienen que ser de nuestro gusto, no del del dependiente, o eso creíamos, porque hemos recorrido varias tiendas y la mayoría de los vendedores se empeñan en decirnos en qué debemos gastar nuestro dinero. Y pondré algunos ejemplos.

Empezamos con el mueble del comedor, habitáculo no muy grande y con unas medidas que no llegan a los tres metros para el mueble principal. Muchos se nos han quejado a nosotros de que el espacio sea tan reducido porque de las medidas que necesitamos no tienen nada. Incluso una vendedora se echó las manos a la cabeza y nos preguntó si no podíamos sacar más metros (sí, en seguida llamo al albañil para que le coja los metros pertinentes al vecino…). Al final tuvimos que ir a la única mueblería que nos hacían el mueble a medida. Y yo me pregunto, ahora que están haciendo los pisos cada vez más pequeños, ¿por qué venden los muebles tan grandes? Disculpe el vendedor que no podamos permitirnos el lujo de habitar un chalet con exagerados metros de parcela y la pueda usted decorar al gusto y sin problemas de metros cuadrados, pero la cartilla no nos llega para algo más que un modesto apartamento.

Seguimos con el frigorífico. En un principio lo buscábamos en acero y de dos metros de alto; sólo tienen tres modelos y ninguno nos convence, salvo el blanco, pero en acero no lo tenían, así que nos intentan vender una marca que yo desconocía totalmente y veo la puerta marcadísima de huellas dactilares (no hacía falta llamar a la policía para detectarlas), y le digo a la chica que como no es anti-huellas no me interesa por lo que estamos viendo. ¿Qué me contesta ella? Que eso se debe a que ése en concreto no lo han limpiado bien, pero que es anti-huellas, que es muy fácil de limpiar y que cuando yo lo use no notaré las marcas. Claro, y como somos tontos nos lo tenemos que creer…

Finalizamos con el sillón relax. No hay tienda que hayamos visitado cuyo vendedor no se haya quejado de la estatura de mi marido, que como es muy alto no nos pueden ofrecer ningún sillón cuyo respaldo permita a mi cónyuge descansar la cabeza y la parte final de las piernas al reclinarse; no creo yo que 1,80 m sea demasiado alto; para que se queden tranquilos tendré que comprar en la ferretería un serrucho y cortarle los centímetros que le sobran para que nos puedan vender los sillones que tienen en stock. Sin embargo, en la última tienda, además, el dependiente nos decía qué sillón debíamos llevarnos; entramos pidiendo piel y el vendedor me suelta bruscamente que no me vende nada en este material, que lo compre en tela, que la piel es malísima y que la tela es más bonita y más fácil del limpiar que la piel. Insistimos en que lo que más nos han recomendado familiares y amigos es la piel, y por supuesto, para nuestro comedor, le venía mejor en piel. El trato que me ha dado el vendedor por esto que le he dicho merece una entrada para él solo, pero no es de mi agrado dedicarle más que este párrafo, pero si de verdad pensaba que por hablarme de forma grosera, ordenarme que me lleve el sillón de tela que tenía en exposición y por decirle a mi marido que él no se siente en el sillón porque es demasiado alto, que el sillón lo use sólo yo, si realmente creía que se había ganado la compra con nosotros lo llevaba bien claro.

Podría citar otros casos, pero creemos que con estos tres ejemplos os podéis hacer una idea de que hay muchos vendedores que no saben tratar al cliente, y creen que cualquiera que entre en su tienda es fácil de convencer de sus intenciones. Por suerte o por desgracia nosotros entramos en los establecimientos sabiendo lo que queremos; si no tienen lo que buscamos, pues vamos a otro lado. Eso sí, el trato que recibimos en la mayoría de ellos es inadmisible. Menos mal que todavía alguna tienda se salva y no se queja ni de los metros cuadrados de nuestra casa, ni de nuestros gustos ni de nuestra altura…



sábado, 21 de julio de 2012

Cercenaduras educativas


Pensaba titular esta disquisición con las palabras “Recortes educativos”, pero como este primer vocablo no tiene a día de hoy ni una sola connotación positiva he pensado que cualquiera que leyera ese encabezado me iba a mandar de forma instantánea a freír morcillas, así que he buscado en los sinónimos del Word (sí, todos lo hemos hecho alguna vez, que nadie me lo niegue) y me ha salido la palabra cercenadura. No la conocía, así que de golpe he conseguido un enunciado algo más original y, de paso, aprender una palabra nueva, que nunca está de más. En cualquier caso lamento decir que sí, en efecto, tengo la intención de hablar (brevemente) de recortes.

Mi única intención es proporcionar al lector un punto de vista desde uno de los afectados, un profesor de secundaria. Quiero aclarar, antes de nada, que esto será una opinión de una única persona, uno de los varios miles de profesores y maestros que, de momento, hay en este país, aunque, sinceramente, creo que no seré el único con esta particular visión.

Se ha oído mucho de las quejas del gremio y da la impresión de que nuestra preocupación primordial es el sueldo, que solamente nos afecta el dinero y que no nos toquen la nómina. O también que hemos de impartir más horas de docencia y no nos quedará tiempo para tomarnos el café de media mañana. Quizá no me crean, pero aseguro que esos son los menores de mis recelos. No digo que no me importe, pues sería del género idiota elegir cobrar menos y trabajar más pudiendo ser al revés, pero son infinitamente más relevantes las pésimas condiciones que está adquiriendo uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad: la educación.

Lo que mucha gente desconoce es que existen otras muchas medidas que a quienes afectan es a los propios estudiantes. Se aumenta el número de alumnos por aula, se prescinde de una amplia cantidad de horas de apoyos y refuerzos para los chicos con más dificultad, se mete la tijera en adquisición de materiales, libros, bibliotecas, informática, fotocopias... Podría seguir pero creo que sobran explicaciones. Lo que quiero decir y sentenciar es que los que van a recibir la peor parte de todo este sistema de intentos de mejorar España son ellos, sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos. Hablando por mí, afirmo sin que me tiemble la voz (o los dedos tecleando) que hago todo lo que está en mis manos por poder transmitir a cada uno de mis pupilos mis básicos conocimientos; y las escasas horas de que he podido disponer entre clase y clase, a las que añado otras muchas en casa, han ido siempre destinadas a preparar sesiones, ejemplos, ejercicios, exámenes..., todo siempre en beneficio del alumno.

Ahora bien, si, por ejemplo, me restringen brutalmente el número de fotocopias de que puedo  disponer, ¿de qué me sirve preparar tres completas caras de ejemplos y ejercicios resueltos si el riesgo de pasarme del cupo permitido me va a imposibilitar entregar un ejemplar a cada escolar? De nada servirán ahora las nuevas tecnologías, la apasionante posibilidad de proyectar o trabajar de forma virtual los contenidos será ahora una utopía por falta de computadoras o de proyectores. Por no hablar de esos alumnos que no pueden (o no quieren) seguir el ritmo de la clase. Hasta ahora, en determinadas materias, había profesores que podían tratarlos aparte; ahora, me temo, tendremos que estar en clase con 35 ó 40 chicos, algunos con un nivel normal, otros con ganas pero sin nivel, otros sin ganas y otros sin tan siquiera dominar el idioma. No seré yo quien tire la toalla, seguiré exprimiéndome al máximo para intentar inculcar en esas 35 ó 40 cabecitas todo lo que pueda, pero cualquiera entenderá que no puedo garantizar el éxito.

No nos podemos olvidar de que, de aquí a unos años, de estas aulas deberán salir no solamente los médicos que nos curen y los arquitectos que construyan nuestras viviendas, sino también el mecánico que arregle nuestro viejo vehículo o el fontanero que repare ese conducto atascado en el lavabo. Quizá suene a tópico, pero no se puede pretender que una semilla origine un árbol que proporcione buena fruta si no se ha regado y abonado de forma adecuada.

Así pues espero que el amable lector que haya perdido cinco minutos de su valioso tiempo leyendo estas reflexiones, cuando escuche quejas, manifestaciones y reivindicaciones varias por parte de nuestro gremio, no nos tache radicalmente de peseteros y egoístas de buenas a primeras ni nos haga el blanco de sus dardos. Entiendo perfectamente que quien está en el paro y le cuesta llegar a fin de mes vea, a bote pronto, infundadas nuestras críticas, pero espero que la gente pueda entender que existen muchos profesores que están realmente preocupados por la preparación de las generaciones venideras. O al menos uno.

martes, 17 de julio de 2012

Yo reciclo, tú reciclas, ¿él recicla?


Vaya por delante, antes de que ninguna mente perversa y ávida de criticar tenga tiempo de reaccionar negativamente, que soy el primero que comprende, apoya y defiende el concepto del reciclaje. Y jamás, repito, jamás me verá nadie apoyarme en acciones inmorales ajenas para justificar las mías propias. Ya que solemos quejarnos cuando nos introducen en una comparativa en la que somos netamente inferiores, no vayamos ahora a meternos nosotros mismos en confrontaciones por el mero hecho de sentirnos en ventaja.

Dicho esto paso sin demora a tratar el tema con el que presento la entrada, la archiconocida y repetida durante los últimos años importancia por reciclar. Es cierto que nos estamos cargando este castigado planeta donde habitamos, es cierto que no pensamos en las consecuencias de nuestros actos, es cierto que nos olvidamos de la cantidad de árboles precisos para que ese paquete de folios que hay sobre el escritorio haya llegado hasta ahí. Por tanto, el primer mensaje que deseo transmitir es reiterar este hecho fundamental en la correcta conservación del planeta.

Ahora bien, una vez todos nosotros, los ciudadanos de a pie, nos hemos comprometido a interceder por el medio ambiente y colaborar en la medida de nuestras posibilidades, estamos en disposición de preguntarnos quién o quiénes tienen un mayor porcentaje de responsabilidad en el cuidado de nuestra naturaleza. Habría que encargar un estudio exhaustivo para dar un dato fiable, pero, a ojo de buen cubero, apostaría a que lo que está a nuestro alcance, como separar papel, vidrio y plástico del resto de basura, no supone ni el veinte por ciento de las posibilidades globales. A continuación les pondré en una situación que de buen seguro a muchos les resultará un tanto familiar.

Llegados a la caja menos concurrida de nuestro hipermercado habitual (que luego, infaliblemente, resultará ser la más lenta), cuando al fin comienza a pasar nuestra compra la simpática cajera, con una fingida sonrisa de oreja a oreja, nos pregunta si vamos a necesitar bolsas para llevar toda nuestra compra. ¡Mierda! Hemos olvidado por completo que cobran las bolsas. Sí, es cierto que son escasos céntimos lo que nos va a cobrar por ellas, pero sigue sin dar ningún gusto abonarlos. Solicitamos a la chica que nos proporcione dos o tres bolsas, a la vez que lanzamos unos comentarios en un tono simpático pero con un trasfondo evidente de queja por esa nueva normativa. La cajera, adoptando una recién adquirida actitud ecologista y con el mismo tono simpático que ha recibido, nos explica amablemente que el centro quiere luchar contra el uso desmesurado de plástico. Nada convencidos pero resignados cerramos la boca y comenzamos a embolsar.

Lo paradójico del asunto es que mientras preparamos nuestra compra para llevarla a casa nos damos cuenta de que las magdalenas, esas que llevamos comprando toda la vida, vienen envueltas de forma individual. Esto sí que es un gasto inútil de plástico, pensamos. Y, sacando a relucir interiormente nuestro espíritu naturalista, nos proponemos que, en la próxima compra, cambiaremos de marca de magdalenas. Todo sea por el planeta.

Pasan los días y de nuevo nos encontramos en el pasillo de la repostería llenando el carro. No hemos olvidado nuestra promesa, así que echamos un vistazo rápido a todas las marcas de magdalenas que hay en la estantería. La sorpresa no es pequeña cuando descubrimos que la inmensa mayoría de estos productos van envueltos de forma individual, o, a lo sumo, de dos en dos. Solamente visualizamos una marca que no lo hace así, y casualmente resulta ser esa marca que catamos hace un tiempo y que sabía a pies. Decidimos darle otra oportunidad y volver a comprarla, para que no se diga que no somos persistentes en el cuidado del medio ambiente.

Pero seguimos avanzando pasillos con nuestra garabateada lista de la compra en la mano y, al ser ahora más observadores, vemos que los mondadientes también van envueltos de uno en uno, que el pan de molde lleva dos capas de bolsa, que el queso en lonchas lleva una lámina entre cada una para  su mejor despegue, que los formatos pequeños de ciertas conservas vienen agrupados de tres en tres con una envoltura plástica... En fin, seguro que más de uno sería capaz de darme varios ejemplos añadidos de situaciones similares.

Uno se queda con cara de pringado y piensa que si el centro comercial está tan concienciado con el medio ambiente, ¿por qué no exige a sus marcas que se apliquen el cuento? Obviamente el centro no está dispuesto a perder ventas, así que quizá lo intente, pero si la marca es buena y les proporciona ganancias no la va a apartar de sus lejas por más que no se comprometa con el planeta.

Este es un ejemplo que casi todos hemos sufrido y que pretende representar quién tiene realmente más influencia para el cuidado de la naturaleza. Si el tiempo y las ganas se alían conmigo, en otra ocasión les hablaré de la cantidad de papel que se gasta inútilmente en cualquier centro de educación secundaria. Pero eso será en otra entrada.

martes, 10 de julio de 2012

Las consecuencias de la fama



Después del recurrente bombo que se ha dado con la Eurocopa, con “la roja” y con el fútbol en general no creo que a nadie le interese la opinión de un servidor sobre el juego de las distintas selecciones, por lo que me había propuesto no tratar el tema en el blog. No sufran, no he cambiado de opinión. Simplemente reconozco que la inspiración me ha venido de dicha competición y, sobre todo, de los comentarios que ésta ha provocado en media España. En concreto han tenido casi tanta repercusión como el propio deporte los desafortunados comentarios de cierta periodista de cierta cadena, novia de cierto portero de cierta selección que viste de rojo. Imagino que todos sabrán de quién hablo (o escribo); si no es así, lo siento, pero en mi opinión no se merece que mis trabados dedos tecleen los caracteres de su nombre sobre esta entrada. En cualquier caso ese nombre y ese apellido no son relevantes para la idea que les quiero transmitir.

El caso es que dicha persona ha sido centro de innumerables burlas en diversas redes sociales, o al menos ese es el dato que ha llegado a mis oídos, pues soy francamente poco asiduo a esos sitios virtuales. Mas no se confundan, no es esto lo que tengo intención de atacar, es más, si acaso apoyaría que el sentido del humor sea el común denominador de cualquier opinión o crítica que haya que dar. Pero parece ser que no todo el mundo opina así; es más, hay quien parece haberse sentido infinitamente más ofendido que la susodicha “periodista” y la ha defendido a capa y espada cual si le fuera la vida en ello. Que si todos comentemos errores, que si nadie es perfecto, que si no se valora el trabajo de la gente,... Sí, hombre, hasta ahí estamos todos conformes, pero...

Ya, ya lo tuvieron que decir. Que se la critica con especial saña por ser además un personaje popular. Especialmente popular desde que sale con ese cierto portero con el que se besó en directo en cierta final de cierto mundial. No negaré que esperaba esa justificación, no me pilla de sorpresa que se amparasen en esa excusa para solicitar que se busque otro objetivo a quien apuntar. Ante estos intentos de desvíos de punzadas verbales o escritas quisiera puntualizar un par de cuestiones.

Por un lado, si los errores existen no veo nada de malo en darlo a conocer. Que todos los cometemos es un hecho más que evidente, pero eso no debe ser un amparo, un refugio donde no nos moje la lluvia de críticas, insultos o acusaciones. Si un médico yerra al operar a un paciente y el resultado de la intervención no es satisfactorio no creo que el afectado diga: “No pasa nada, todo el mundo se equivoca”. Y esto es extrapolable a cualquier oficio; en unos los fallos se pagan más caros, en otros son fácilmente subsanables, pero no debemos barrerlos bajo la alfombra y hacer como si nada hubiera pasado.

Pero quizá lo que realmente me revienta de estos comentarios es cuando se menciona que las malas lenguas van más afiladas por el hecho de tratarse de alguien famoso, y cuando digo famoso me quiero referir a una fama lograda por hechos ajenos (al menos de forma directa) a su trabajo. Con todo no voy a negar esa afirmación; es completamente cierto que ante los personajes populares todo se magnifica, tanto las palabras de apoyo y agradecimiento como los cuchillos verbales. Pero eso, pese a quien le pese, es lo que corresponde, es el precio que hay que pagar por esa fama y la multitud de consecuencias positivas que conlleva. Si un humilde profesor de instituto se equivoca al corregir un examen tendrá críticas, mas podrán ser a lo sumo veinte o treinta y de buen seguro nunca será trending topic, jamás equiparable a los miles de twits que recibirá un desliz no tan anónimo, más aun si resulta divertido para el público. Como digo, es un anexo inseparable del concepto de famoso que el popular individuo tendrá que aceptar si pretende seguir disfrutando de esa selecta condición en la que se encuentra inscrito.

¿Merece la pena pagar ese precio por poder llevar colgada la etiqueta de “famoso”? ¿Las incesantes y molestas hasta grado extremo críticas compensan suficientemente las ventajas que esa condición aporta? No me considero en disposición de contestar a estas preguntas por mi situación de anonimato, así que no lo haré. Lo que sí que puedo afirmar sin miedo es que muchas deberían de ser esas ventajas, y no sólo económicas, para que yo aceptara, caso de tener la ocasión, entrar en el selecto grupo de la fama.

sábado, 7 de julio de 2012

Colega, ¿dónde aparco mi coche?


En estos días de rebajas recientemente inauguradas los consumidores se vuelven como locos, y acercarse a los centros comerciales en busca de un asilo del sofocante calor que atormenta estos días en diversos puntos del país y fuera de éste para refugiarnos en un área con aire acondicionado gratuito se nos antoja agobiante y pesado por las aglomeraciones de gente que se forman prácticamente a cualquier hora del día. Pero esto es inevitable cuando la despensa y el frigorífico te muestran fácilmente su esquelética estructura y no deseamos acabar como este mobiliario, por lo que tomamos el coche y, cual hormiga que se une a la fila india de sus congéneres en un sentido o en el contrario, nos metemos en la carretera dirección a los centros comerciales, cruzándonos con quienes, más madrugadores, han realizado ya sus compras y nos transmiten su satisfacción al huir de tal gentío para llegar a casa o, quizá, para dirigirse a otro hormiguero comercial.

La gran ventaja de las hormigas es que son capaces de soportar sobre su pequeña anatomía treinta veces o más su peso, pero nosotros, los humanos, como no nos dediquemos al culturismo (y no es nuestro caso), necesitamos de nuestro manejable vehículo para llevar hasta nuestra casa el relleno para el mobiliario de la cocina (a veces del baño también). Y en días como estos, como digo, de rebajas y descuentos por doquier, es casi una misión imposible encontrar un sitio donde dejar el coche, una tarea que en numerosas ocasiones se vuelve cansina y estresante.

Lo peor no es tener que irse a los confines del amplio aparcamiento, ni tampoco ver la lucecita verde encendida indicando que hay un sitio libre y, dirigiéndonos raudamente para conquistar ese trocito de terreno por unas pocas horas, llevarnos el chasco de que se trataba de uno de los numerosos emplazamiento para depositar los carros del supermercado una vez finalizado su uso. Lo peor, como digo, es encontrarte con el que podría ser un sitio libre para dejar el turismo y ver que un gracioso o mal conductor ha dejado el suyo ocupando dos plazas. ¡Por Júpiter! ¿Es esto una broma? ¿Hay alguna cámara oculta? Sí, las de vigilancia del aparcamiento, pero dudo mucho que sean cómplices del propietario de ese vehículo.

¿Qué trabajo le costaba al conductor estacionar ocupando el amplio hueco destinado a tal fin? Eso ya es por tocar los colindrones, y perdónenme la expresión, pero yo soy incapaz de estacionar mi vehículo en una plaza para minusválidos por respeto a la gente de este sector (y, dicho sea de paso, por la multa que nos puede caer), pero esta gente, ¿por qué deja el coche tan mal? Todavía sería medio perdonable si se tratara de uno de estos viejos aparcamientos por horas del año de la polka, cuando todavía era raro que un ciudadano podía permitirse un coche y apenas existían los atascos en hora punta, cuyas plazas eran notablemente más pequeñas. Pero hoy en día los coches han crecido, y los aparcamientos también, y todos llevamos nuestro coche hasta los apartados centros comerciales de la ciudad y necesitamos un hueco donde dejarlo estacionado.

Todos tenemos las mismas necesidades en este caso, por lo que, desde nuestro punto de vista, el conductor que ocupa dos plazas libres, cuyo número, y más en estos días, como ya hemos mencionado, es más reducido que en un martes de noviembre a primera hora de la mañana, una de dos, o no sabe aparcar y desiste de poder dejarlo como el código de circulación rige, o lo hace con mala idea y reírse de los que hemos llegado después y seguimos unos veinte minutos más dando vueltas hasta encontrar a alguien que, casualmente, abandona su plaza justo cuando pasamos por al lado. Como digo, por tocar los coj...